Mimi, Mama Chi y Mama Mai

Había una vez unas señoras que vivían en las montañas de Sapa,  al norte de Vietnam. La más menudita y callada, Mimi, apenas parecía una niña. Su amiga, Mama Chi, era más grande y desenvuelta, y no paraba de reir y bromear. Por último, la más discreta y atenta, Mama Mai, era todo amor y hospitalidad. Caminaban por las calles de Sapa vestidas con sus trajes de colores y sus cintas en las piernas buscando algún grupo de turistas a los que enseñar sus montañas, sus dominios, sus vidas…
Estas mujeres pertenecían al pueblo H’Mong, y vivían en una aldea en mitad de las montañas llamada Hau Thao. La aldea estaba formada por unas cuantas casas, una tiendecita y hasta una pequeña escuela. Desde las puertas de sus casas veían la inmensidad de las montañas, los preciosos arrozales, la niebla que a veces quedaba por debajo de sus pies…
Sus casas no tenían nada: un par de mesas con pequeñas sillas de plástico, unas sencillas y duras camas con gruesas mantas cubiertas con mosquiteras, cacharros para cocinar y alguna foto polvorienta colgada en la pared: Mama Mai con su bondosa sonrisa, las tres con alguien venido de Occidente y con cara de felicidad, Mama Chi con su bebé entre las manos… En la casa no había ningún objeto más. Sin embargo, lo que no faltaba era vida: Los perros se paseaban a sus anchas dentro y fuera de la casa, buscando algo que picotear. El gatito, tan pequeño como una mano, solía estar pegado al fuego buscando calor. Las gallinas correteaban por el porche, entrando de vez en cuando en la casa, despistadas. Los cerdos no parecían estar, hasta que empezaban a roncar. De repente aparece la abuela en una oscura esquina, peinando su larguísima melena, y los niños juegan a las tabas con piedras, en el porche. La hija adolescente de Mama Mai juguetea con un móvil, con cara de aburrida, como toda adolescente, y las mujeres ríen a carcajadas mientras preparan un excelente guiso, apartando a manotazos a los hombres, que no hacen más que ocupar sitio.
La vida bullía en aquella casa, y la ausencia de pertenencias contrasta con la riqueza humana de aquellas personas. Ellas viven en paz, en silencio. Día a día tejen sus telas y las tiñen con índigo, una planta que abunda en las montañas. Recogen plantas de té y de todo tipo para hacer sus infusiones, sus medicinas…Preparan su licor de arroz, comen de la tierra… No necesitan más.
Le preguntamos a Mimi si podíamos enviarles una foto, aunque fuera a la oficina de correos de Sapa, y nos dijo que si la veían “los vietnamitas” la romperían. Los H’Mong están bastante alejados de los vietnamitas, aunque sospechamos que ellos lo desean así. Habría que indagar en la historia para saber por qué, aunque lo cierto es que eso poco importa en esta historia. A nosotras nos han regalado las sonrisas más plenas que hemos visto en todo Vietnam. Nos han abierto las puertas de sus casas, hemos comido como nunca, y nos han ofrecido una alegría y una generosidad inéditas en este país, en el que la mayoría de la gente, de caracter un tanto brusco, sólo parece interesada en tu dinero.
Seguro que nunca olvidaremos a Mimi, Mama Mai y Mama Chi, y los tres días que nos permitieron compartir un cachito de sus vidas, tan diferentes de las nuestras.
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